El periodista y el asesino

junio 23, 2008 at 11:00 am Deja un comentario

“Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible”. Esta es la demoledora frase con la que comienza Janet Malcolm su libro “El periodista y el asesino”, una obra que supone una crítica mordaz de la engañosa relación que se establece entre algunos periodistas y sus fuentes.

La autora analiza el proceso judicial que enfrentó a Joe McGinniss con el protagonista de su libro Fatal Vision, el condenado por triple asesinato Jeffrey McDonald. Durante las seis semanas que duró el juicio se puso de manifiesto cómo McGinniss había engañado a McDonald, haciéndole creer que iba a escribir una obra que prácticamente defendiera su inocencia, para luego sacar a la luz un libro que dejaba al condenado como un monstruo sanguinario e inhumano.

Esta situación de engaño fue defendida durante el juicio tanto por McGinnis como por otros nombres de peso como Buckley o Wambaugh, que se explayaron en la diferenciación de conceptos como “mentira” y “falsedad”, intentando justificar el uso de una ética circunstancial, que permitiría modificar los principios periodísticos fundamentales en función del contexto concreto.

Janet Malcolm no cree en este concepto de ética circunstancial, y así lo demuestra al criticar duramente la postura de McGinnis. Según la autora, el nuevo periodismo y la non-fiction novel dependen de personajes extraordinarios, que se presentan en sí mismos como personajes literarios. Jeffrey McDonald, por su parte, no era uno de estos personajes extraordinarios, sino una persona sencilla con unas capacidades comunicativas limitadas y una historia sórdida cuanto menos cuestionable. Al no encontrar lo que buscaba, McGinnis prefirió no ceñirse a los hechos y engañar al condenado para obtener una historia rebuscada que sin embargo gustase a sus lectores.

A partir de este caso concreto, la autora invita a la reflexión sobre la relación entre autor y personaje, un mundo oscuro en el que si una de las dos partes pone todas sus cartas sobre la mesa se acaba la partida. Sin embargo, este hecho no es excusa para engañar a la persona y modificar la realidad al antojo del periodista, al fin y al cabo en ocasiones los hechos pueden y deben estropear una buena historia.

Marcos González Penín (B)

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