Chechenia

diciembre 26, 2007 at 4:54 pm Deja un comentario

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Una guerra sucia. Anna Politkovskaya

Chechenia es el escenario de una de las guerras más cruentas del siglo XX, el que algunos llaman, no sin cierto recochineo, el siglo más corto de la Historia. Es un lugar sin ley, en el que una botella de vodka bien vale la vida de un civil y las fronteras entre la causa noble de la independencia y el radicalismo deshumanizado de sus líderes se hallan desdibujadas, mezcladas de manera que resulta casi  imposible separar lo uno de lo otro, en el caso improbable de que existan en Chechenia las dos caras de la moneda.                

          Pero Chechenia es mucho más que todo eso. Desde que en 1991 el general Yojar Dudayev proclamara la independencia de la república (que hasta entonces había pertenecido a la URSS y, tras su disolución, a la Federación Rusa), esta nación perdida entre las montañas de Cáucaso no ha hecho sino iniciar la cuenta atrás para su destrucción. Anna Politkovskaya retrata en Una guerra sucia una Chechenia carcomida por la guerra y la miseria, un país en venta que sufre un nuevo revés con la llegada al Kremlin del joven Vladimir Putin,que ya en el verano de 1999 abogaba por hacer las cosas como es debido.               

        Hacer las cosas como es debido significa para los señores de la guerra (y Politkoskaya no descarta en ningún momento que Putin y su séquito de seguidores lo sean) bombardear pueblos enteros  como el de Aljan-Yurt, dejar a las fuerzas federales abandonadas a su suerte y comerciar incluso con sus cadáveres. Hacer las cosas como es debido implica, además, sobornos en los puestos de control de las fronteras, el encarcelamiento de chechenos bajo la acusación fácil de terrorismo o tráfico de drogas y la colaboración con las mafias para que el secuestro sea uno de los negocios más prósperos de la zona. Y es que hacer las cosas bien es más fácil – y lucrativo – que hacerlas mal.                

            Politkovskaya sabe que las guerras no las hacen los pueblos, sino sus dirigentes, y que Chechenia es, sobre todo, un pueblo de mujeres que sufren por el desmembramiento de sus hogares, por el exilio y la pobreza. Ya pocos creen en Chechenia en el abrek, una especie de Robin Hood local; hoy el abrek es un mafioso o un islamista radical al que nadie puede detener en su causa.               

           Y Chechenia es, por encima de todo, un campo de batalla fuera de Chechenia, un arma mortal que alcanza a quien no guarda silencio ante el horror. Y eso Anna Politkovskaya también lo sabe.                                                                                                                                                Diana Mandiá

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